No podemos negarlo, comer nos hace felices. Tan felices, o más, que otras muchas cosas.
Chupar la cabeza de una gamba roja, de las buenas, puede hacer que disfrutemos igual que si viéramos a nuestro equipo ganar la Champions. Hincarle el diente a un tomate, con sabor a tomate, puede darnos el mismo placer que un masaje a ocho manos. Y una dorada recién pescada, bien jugosa, con sus patatas asadas… ¡Ay!, esa dorada nos puede saber tan rica como un fin de semana sin niños.